Ese manto oscuro y profundo nos cubrió aquella noche, seguida por una expresión mágica de gloria y fortaleza que rodeaba todo nuestro cuerpo lentamente, gotas de la cálida lluvia solían mojar las prendas de ropa que solíamos llevar con nosotros hacia la perdida total de nuestros sentidos, en esta ciudad que nos aturde y enreda con sus lazos de crueldad que solo el humano puede llegar a alcanzar, contábamos con la Luna, nuestra Diosa eterna y omnipresente, que se encuentra hasta donde la humanidad es tan aberrante que logra taparla con un solo pulgar… La noche seguía y los mortales observaban, asombrados de ver tanta fragilidad e inspiración emanadas del aura fragante de esa pareja de mortíferos y asesinos del tiempo… El amor era tan puro e infinito que los verdaderos amantes experimentaban ser dueños de su mundo terrenal y jugaban eternamente al juego de acicalarse sensualmente bajo la protección de sus deidades, bajo la dulce fragancia de la gloria, tratando de recordarse siempre, intentaban que ese momento fuera interminable y que permaneciera por siempre en su recuerdo.
Sus movimientos eran tan fuertes que dejaban la huella en su camino, hundían sus pies en el asfalto de toda la ciudad Cuando deseaban jugar simplemente evocaban a sus Dioses preferidos y encarnándose en ellos lograban la sabiduría eterna que cualquier humano deseaba alcanzar.

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